Entre la necesidad y el deseo de saber, andaba moviéndome por los archivos y encontré este cuento de Ray Bradbury que os adjunto por si aún no lo conocéis. También hay un artículo que Vera Campo escribió sobre el texto en la revista de la SERYMP.
El Hombre de la
Camisa Rorschach
Bradbury, Ray:
“Fantasmas de lo nuevo”. Ed. Minotauro
Brokaw. ¡Qué
nombre!
Escúchenlo ladrar,
gruñir, gañir, escuchen la osada proclamación: ¡Immanuel Brokaw!
Un buen nombre para
el más grande psiquiatra que haya navegado nunca las aguas de la existencia sin
haber zozobrado. Échense al aire las obras de Freud molidas como pimienta, y
todos los estudiantes estornudarán: “¡Brokaw!”
¿Qué le ocurrió? Un
día, como en un excelente número de variedades, desapareció del todo. La luz
del proyector faltaba ahora, y los milagros de Brokaw corrían el riesgo de
invertirse. Los conejos psicóticos
amenazaban con saltar de vuelta a los sombreros. El humo era reabsorbido por la
boca de unas armas de fuego de escaso calibre. Todos esperábamos.
Silencio durante
diez años. Y más silencio. Brokaw había desaparecido como si se hubiera
arrojado al mar entre accesos de risa, en medio del Atlántico. ¿Para qué? ¿Para
zambullirse en busca de Moby Dick? ¿Para psicoanalizar a aquel demonio incoloro
y ver que tenía realmente en contra del Loco Ahab? ¿Quién sabe?
La última vez que
lo vi corría a tomar un avión crepuscular; la mujer de Brokaw y seis perros
pomerania ladraban débilmente detrás, lejos, en la pista a media luz.
-¡Adiós para
siempre!
El grito feliz de
Brokaw parecía una broma. Pero al día siguiente encontré a unos hombres que
desclavaban la chapa dorada con el nombre de Brokaw de la puerta del
consultorio, mientras sacaban a la calle, a empujones, los divanes para
pacientes gordas, rumbo a algún remate de la Tercera Avenida.
El hombre de genio
que había sido Gandhi-Moisés-Cristo-Buda-Freud, en estratos acumulados en algún
increíble desierto de Armenia, se había dejado caer por un agujero en las
nubes. ¿Para morir? ¿Para vivir en secreto?
Diez años más tarde
yo iba en un autobús californiano a lo largo de las deliciosas costas de
Newport. El autobús se detuvo. Un hombre de más de unos setenta años entró de
un salto, haciendo tintinear las monedas de plata de la alcancía, como maná. Lo
miré desde los últimos asientos del autobús y me quedé sin aire. ¡Brokaw! ¡Por
todos los santos!
Y con santificación
o sin ella, allí estaba Brokaw. Erguido como una manifestación de Dios,
barbudo, benevolente, pontifical, erudito, alegre, amable, generoso, mesiánico,
tutelar, para siempre y eterno…
Immanuel Brokaw.
Pero no vestido de oscuro, no.
En cambio, como si
fueran los hábitos de alguna iglesia nueva y orgullosa, llevaba pantalones
bermudas. Sandalias mejicanas de cuero negro. Una gorra de béisbol de los Ángeles
Dodgers. Gafas francesas para el sol. Y…
¡La camisa! ¡Ah
Dios! ¡La camisa!
¡Una camisa
estrafalaria, toda enredaderas rozagantes y plantas atrapamoscas, toda
dilataciones y contracciones Pop-Op, toda florecida y atiborrada en los
intersticios, entrecruzada de animales y símbolos mitológicos!
Abierta en el
cuello, aquella vasta camisa colgaba sacudida por el viento, como un millar de
banderas en un desfile de naciones unidas pero neuróticas.
Pero ahora el
doctor Brokaw ladeó la gorra de béisbol, y levantó las gafas francesas buscando
los asientos libres. Caminó lentamente por el pasillo, giró, se detuvo, se
demoró ahora aquí, ahora allí. Susurró, murmuró, primero a este hombre, después
a esta mujer, a aquel niño. Yo estaba a punto de llamarlo, cuando le oí decir:
-Bueno, ¿qué te
parece?
Un chico, pasmado
por el efecto de anuncio de circo que provocaba el viejo, pestañeó como si
necesitara un codazo. El viejo se lo dio: ¡Mi camisa, pequeño! ¿Qué ves?
¡Caballos! -saltó
al fin el chico-. ¡Caballos que bailan!
-¡Bravo! -El doctor
resplandeció, palmeó al niño y siguió adelante.- ¿Y usted, señor?
Un joven, bastante
afectado por la desenvoltura de ese invasor que venía de algún mundo estival,
dijo: -“Bueno… nubes, desde luego.”
-¿Cúmulos o nimbos?
-Eh… nubes de tormenta
no, no. Nubes lanudas, aborregadas.
-¡Muy bien!
El psiquiatra
prosiguió:
-¿Mademoiselle?
-¡Acuaplanos! –Una
muchacha quinceañera miraba con asombro.- Hay olas grandes. Acuaplanos. ¡Súper!
Y así continuó
Brokaw, recorriendo el autobús, y a medida que avanzaba, iba dejando detrás
abortadas carcajadas y sofocadas risitas que luego se contagiaban
convirtiéndose en rugidos de hilaridad. En ese momento unos doce pasajeros
habían escuchado las primeras respuestas y entraron también en el juego. ¡Esa
mujer veía rascacielos! El doctor frunció el ceño, suspicaz. El doctor guiñó un
ojo. Aquel hombre veía crucigramas. El doctor le estrechó la mano. Este niño
opinaba que las cebras eran todas ilusiones ópticas en un desierto africano.
¡El doctor palmeó los animales y los animales saltaron! Esa vieja veía vagos
Adanes y brumosas Evas expulsados de jardines vislumbrados apenas. El doctor se
instaló junto a ella un rato; conversaron en susurros animados y vehementes.
Luego se levantó de un salto y siguió avanzando. ¡La vieja había visto un
inquilino expulsado! ¡Este otro joven vio a una pareja invitada a regresar!
¡Perros,
relámpagos, gatos, autos, nubes fungiformes, hombres que devoraban lirios
atigrados!
Cada persona, cada
respuesta provocaba gritos más altos. Nos encontramos todos riéndonos juntos.
Este viejo encantador era un fenómeno de la naturaleza. Un capricho de la
Voluntad turbulenta de Dios, que juntaba en un todo nuestros yos separados.
¡Elefantes!
¡Ascensores! ¡Despertadores! ¡Sentencias! En el momento en que subimos al
autobús ninguno de nosotros quería saber nada del otro. Pero ahora, como una
inmensa nevada que necesitábamos comentar; o un desperfecto eléctrico que
dejaba a oscuras a millones de hogares y nos incitaba a todos a la charla,
risa, la carcajada compartida, sentíamos que las lágrimas nos limpiaban el alma
así como nos limpiaban el rostro.
Cada respuesta
parecía más divertida que la anterior, y nadie se retorcía en carcajadas más
sonoras que ese alto y maravilloso médico que solicitaba, conseguía y curaba
ahí mismo nuestros peores entripados. Ballenas. Algas marinas. Praderas.
Ciudades perdidas. Hermosas mujeres. El viejo se detenía. Giraba. Se sentaba.
Se levantaba. Sacudía la camisa de colores delirantes hasta que al fin me habló
a mí desde arriba:
-¿Usted que ve,
señor?
-¡Al doctor Brokaw,
naturalmente!
La risa del viejo
se detuvo como si lo hubieran tiroteado. Se quitó las gafas oscuras, volvió a
encajárselas y me tomó de los hombros como para enfocarme mejor.
-¡Simon Wincelaus,
es usted!
-¡Yo, yo mismo!
–reí-. Santo cielo, doctor, yo lo hacía a usted muerto y enterrado años atrás.
¿En qué anda usted?
-¿En qué ando?
–Brokaw me apretó y sacudió las manos, me palmeó levemente los brazos y las
mejillas. Enseguida estalló en una carcajada, perdonándose a sí mismo mientras
se miraba la vasta superficie de la ridícula camisa. -¿En qué ando? Me retiré.
Me fui. Viajé cinco mil kilómetros por noche desde la última vez que usted me
vio… -El aliento a menta me quemaba la cara. –Y ahora soy más conocido por aquí
como… escuche… el Hombre de la Camisa
Rorschach.
-¿De qué? –exclamé.
-De la Camisa
Rorschach.
Brokaw, liviano
como un globo de carnaval, se posó en el asiento de mi lado.
Me quedé pasmado y
en silencio.
Marchábamos juntos
al mar azul bajo un brillante cielo de verano.
El doctor miraba
hacia delante como si me leyera los pensamientos escritos en el cielo en
grandes letras, entre las nubes-
-¿Por qué me
pregunta usted, por qué? Le veo aún la cara desconcertada, en el aeropuerto,
hace años. El día en que Me Fui para Siempre. Aquel avión pudo haberse llamado
el Titanic Feliz. En él me hundí para siempre en el cielo sin huellas. Y sin
embargo. Aquí estoy, vivito y coleando, ¿no es cierto? Ni borracho, ni loco, ni
destruido por los años y el aburrimiento de los que ya no trabajan. ¿Dónde,
qué, por qué, cómo ocurrió?
-Sí –dije-, ¿por
qué se retiró si lo tenía todo? Talento, reputación, dinero. Ni un atisbo de…
-¿Escándalo?
¡Ninguno! ¿Por qué, entonces? Porque no fue una sino dos las gotas que
horadaron esta vieja piedra. Dos gotas extraordinarias. Gota número uno…
Brokaw se detuvo.
Desde las gafas negras me echó una larga mirada de soslayo.
-Esto es una
confesión –dije-. El santo y seña es: silencio.
-Una confesión. Sí.
Gracias.
El autobús zumbaba
suavemente por el camino.
La voz de Brokaw
subía y bajaba con el zumbido del motor.
-Usted conoce mi
memoria fotográfica, ¿no es cierto? Bendecido, maldecido por el recuerdo total.
Todo lo dicho, visto, hecho, tocado, oído, yo podía evocarlo y enfocarlo de
nuevo cuarenta, cincuenta, sesenta años más tarde. Y ni una vez verificaba yo
mis notas sobre cualquiera de aquellas sesiones. Descubrí, muy pronto, que sólo
necesitaba meterme en la cabeza lo que había escuchado. Naturalmente guardaba
cintas grabadas, pero no las escuchaba nunca. Ahí tiene el escenario, y ahora
viene la impresionante historia.
“Un día, a los
sesenta años, una paciente dijo una sola palabra. Le pedí que la repitiera.
¿Por qué? Había sentido de pronto un desplazamiento en los canales
semicirculares, como si algunas válvulas se hubieran abierto dejando entrar
aire fresco en un plano subterráneo.
“Modestia, dijo la
paciente.
“Creí que había
dicho bestia, comenté.
“Oh no, doctor,
modestia.
“Una palabra. Un
guijarro que cae desde el borde. Y entonces… el alud. Porque yo le había oído
decir claramente que él gustaba de la bestia que había en ella, lo que suena
como una cazuela de sexo, cuando en realidad él le había alabado la modestia,
lo que es un plato frío muy distinto, lo reconocerá usted.
“Aquella noche no
pude dormir. Fumaba, miraba por las ventanas. Mi cerebro, mis oídos lo
percibían todo con una rara claridad, como si acabara de curarme de un
resfriado a los treinta años. Sospeché de mí mismo, de mi pasado, de mis
sentidos, de modo que a las tres de la mañana me fui a la oficina y descubrí lo
peor:
“¡Las
conversaciones de cientos de casos que yo recordaba mentalmente, no eran las
registradas en las bandas magnetofónicas ni las transcritas por mi secretaria!
-¿Quiere decir
que…?
-Quiero decir que
cuando oía bestia era en realidad modestia. Pavo era en verdad nabo. Zorro era
gorro y viceversa. Escuchaba cama y alguien había dicho rama. Sueño era dueño.
Tía era día. Zarpa era en realidad Carpa. Rabadilla era simplemente zancadilla.
Diablo era sólo establo. Sexo era nexo. Sí-vi. No-oh. Jarana-pavana.
Equivocado-enamorado. Lado-vado. Dígame cualquier palabra, yo la había oído
mal. ¡Diez millones de docenas de palabras mal oídas! ¡Recorrí con pánico los
ficheros! ¡Santo Dios! ¡Cristo bendito!
“¡Todos aquellos
años, aquellas gentes! Venerable Moisés, Brokaw, exclamé, todos estos años
bajando del Monte, trayendo la palabra de Dios como una mosca en la oreja. Y
ahora, ya avanzado el día, oh sabio insigne, se te ocurre consultar las piedras
escritas por el rayo. ¡Y descubres que tus Leyes, tus Tablas son diferentes!
“Moisés huyó del
consultorio aquella noche. Corrí en la oscuridad, desenredando mi
desesperación. Me fui a Far Rockaway, quizá por el tono de lamento de ese
nombre.
“Caminé junto a un
tumulto de olas, sólo comparable al tumulto de mi pecho. ¿Cómo, gemí, cómo
puedes haber estado medio sordo toda la vida sin saberlo? Y sólo ahora te
enteras, y por casualidad, ¿cómo, cómo?
Mi única respuesta
fue una ola que cayó como un trueno sobre la arena.
“Esto para la gota
número uno que horadó la vieja piedra”.
Hubo un momento de
silencio.
Seguimos
bamboleándonos en el autobús. Avanzábamos a lo largo de la dorada carretera de
la costa, en una brisa suave.
-¿La gota número
dos? –pregunté al fin, suavemente.
El doctor Brokaw
levantó las gafas francesas y la luz del sol centelleó como un banco de peces
en toda la caverna del autobús. Miramos las flotantes figuras irisadas, Brokaw
con desapego y al fin con una preocupación semidivertida.
-Percepción,
Visión. Textura. Detalle. ¿No es un milagro? Nos deja pasmados en el verdadero
sentido de la palabra. ¿Qué son los sentidos, la visión, la percepción
interior? ¿Queremos ver el mundo. Queremos verlo realmente?
-Oh, sí- exclamé.
Respuesta
irreflexiva de un joven. No, querido muchacho, no queremos. A los veinte años,
sí, pensamos que deseamos ver, conocer, ser todo. Así lo pensé yo una vez. Pero
he tenido los ojos débiles casi toda la vida, me he pasado la mitad del tiempo
yendo al oculista para que me diera gafas nuevas, ¿no? ¡Bueno, llega el
amanecer de los lentes de contacto! ¡Por fin, decidí, me proveería de esas
milagrosas lágrimas pequeñas y brillantes, esos discos invisibles!
¿Coincidencia? ¿Causa y efecto psicosomáticos? ¡Porque la misma semana que
conseguí las lentes de contacto fue la semana en que se me despejó el oído!
Debe de haber alguna conexión fisiológico-mental, pero no me aventuraré en
conjeturas.
“Todo lo que sé es
que conseguí mis pequeños lentes cristalinos de contacto, los instalé sobre los
débiles ojos de un azul infantil y…¡voilà!
“¡Ahí estaba el
mundo!
“¡Ahí estaba la
gente!
“Y ahí, Dios nos
proteja, estaban los sucios, los multitudinarios poros de la gente.
“Simon –continuó
Brokaw, lamentándose suavemente, cerrando los ojos un momento detrás de las
gafas oscuras-, ¿alguna vez ha pensado, se ha enterado usted de que la gente es
sobre todo poros?
Dejó que la idea me
entrara en la cabeza. Lo pensé un rato.
-¿Poros? –dije por
fin.
-¡Poros! Pero
¿quién piensa en eso? ¿Quién se molesta en ir a mirar? ¡Yo, yo vi, con la
visión restablecida! Mil, un millón, diez billones… de poros. Poros grandes,
pequeños, pálidos, carmesíes… Todos y en todos. En la gente que pasa. En la
gente que atesta los autobuses, los teatros, las cabinas telefónicas, todos
poros y poca sustancia. Poros pequeños en mujeres chiquititas. Poros grandes en
hombres monstruosos. O viceversa. Poros tan numerosos como ese polvo que se
desliza hacia abajo, revuelto, en los rayos de sol de la tarde, en la nave de
la iglesia. Poros. Llegaron a ser una fascinación obligada y absoluta para mí.
Les miraba el cutis a las señoras bonitas, no los ojos, la boca o el lóbulo de
la oreja. ¿No debería un hombre observar el esqueleto de una mujer que se
enquicia y desquicia dentro de la dulce almohadilla rosada de la carne? Pero
no, yo veía sólo la piel como un rallador, como una criba. Toda belleza se
convertía en algo grotesco y ácido. Cuando yo volvía los ojos era como si
moviera mi cráneo el telescopio de doscientas pulgadas de Palomar ¡Dondequiera
que mirara veía la luna bombardeada por meteoros, en un espantoso y magnífico
primer plano!.
“¿Yo mismo? Dios,
la afeitada de la mañana era una exquisita tortura. No podía dejar de mirarme
la cara, picada como un campo de batalla perdida. Maldición, Immanuel Brokaw,
suspiraba yo, ere el Gran Cañón a pleno sol, una naranja con un billón de
ombligos, una granada desnuda.
“En suma, los
lentes de contacto me devolvieron a los quince años. Es decir, a un enconado
montón de dudas, el horror y la absoluta imperfección. La peor edad de la vida
había vuelto a obsesionarme, con un fantasma granujiento y abollado.
“Me convertí en una
sombra insomne. Ah. Segunda adolescencia, ten piedad, exclamé. ¿Cómo pude haber
sido tan ciego durante años? Ciego sí, y lo sabía, y siempre dije que no tenía
importancia. De modo que había ido a tientas por el mundo como un miope
lascivo, dejando ver los agujeros, los tajos, las lágrimas e hinchazones de los
demás, así como las mías. Ahora la Realidad me había alcanzado en la calle. Y
la Realidad era Poros.
“Cerré los ojos y
me metí en cama varios días. Al fin me incorporé y proclamé, con los ojos bien
abiertos: ¡La Realidad no es todo! Rechazo ese conocimiento. ¡Legislaré contra
los Poros!
“Acepto en cambio
las verdades que intuimos o inventamos para poder vivir.
“Es decir, le pasé
los lentes de contacto a un sobrino sádico que medra con desperdicios, gente
granujienta y cosas peludas.
“Me encajé de
vuelta las viejas gafas, de graduación insuficiente. Deambulé por un mundo de
recobradas y suaves brumas. Vi bastante pero no demasiado. Encontré gentes
fantasmales, percibidas a medias, a las que podía amar de nuevo. Vi en el
espejo de la mañana un “yo” con el que podía acostarme otra vez, admirarlo,
aceptarlo como compinche. Me echaba a reír todos los días con una nueva
felicidad. Bajo al principio. Después, muy fuerte.
“Qué broma, Simon,
es la vida.
“¡Por vanidad
compramos lentes para verlo todo y así lo perdemos todo!
“¡Y cediendo un
pedacito de la llamada sabiduría, de la realidad, de la verdad, recuperamos la
totalidad de la vida! ¿Quién no lo sabe? ¡Los escritores sí! ¡Las novelas
imaginadas son más “verdaderas” que todos los reportajes con datos y hechos que
ustedes garrapatean en la historia del mundo!
“Pero al final tuve
que enfrentar las grandes fracturas gemelas que me atravesaban la conciencia.
Mis ojos. Mis orejas. Dios me libre, dije, tranquilo. ¡De los miles de personas
que pisaban mi consultorio y se echaban en mis divanes y buscaban ecos en mi
Caverna de Delfos, vamos, vamos, ridículo! ¡No había visto a ninguna, no había
oído a ninguna claramente!
“¿Quién era esa
señorita Harbottle?
“¿Qué pasaba con la
vieja Dinsmuir?
“¿Cuál era el
verdadero color, la apariencia, el tamaño de la señorita Grimes?
“¿La señora
Scrapwight era y hablaba como el papiro de una momia egipcia que hubiera caído
en mi escritorio?
“No podía
imaginarlo siquiera. Dos mil días de niebla rodeaban mis años perdidos; meras
voces que llamaban, se desvanecían, se iban.
“Dios mío, había
errado por la plaza del mercado con una señal invisible: ciego y sordo,
y la gente había acudido a llenar de monedas mi escudilla de mendigo y se
habían ido curados. ¡Curados! ¿No es raro eso, no es milagroso? Curados por un
viejo tullido con un brazo amputado y una pierna de menos. ¿Qué? ¿Qué les había
dicho yo después de haberlos oído mal? ¿Quiénes eran en realidad esas personas?
Nunca lo sabré.
“Y entonces pensé:
hay cien psiquiatras en la ciudad que ven y oyen con más claridad que yo. Pero
cuyos pacientes se meten desnudos en el mar o saltan a medianoche por las
pendientes de los campos de juego o amarran mujeres y fuman cigarros sentados
encima.
“De modo que tuve
que enfrentar el hecho irreductible de una carrera exitosa.
“El cojo no conduce
al cojo, gemía mi corazón, el ciego y el tullido no curan al tullido y al
ciego. Pero una voz desde las lejanas galerías de mi alma replicaban con
inmensa ironía: ¡Tú, Immanuel Brokaw, eres un genio de porcelana, lo que
significa resquebrajado pero brillante! Tus ojos cerrados ven, tus oídos
tapados oyen. ¡Tus sentidos quebrantados curan en algún nivel por debajo de la
conciencia! ¡Bravo!
“Pero no, no podía
vivir con mis perfectas imperfecciones. No podía entender ni tolerar ese
secreto de contrabando que ocultándose detrás
de unas pantallas me ayudaban a trabajar de veterinario, curando a
animales.
“Tenía, pues,
varias opciones. ¿Volver a ponerme los lentes de contacto? ¿Comprar un par de
audífonos para que mi oído mejorara con mayor rapidez? ¿Y luego? ¿Descubrir que
había perdido contacto con la parte oculta y mejor de mi mente, que se había
acostumbrado durante treinta años de ver mal y oír peor? El caos tanto para el
que cura como para el curado.
“¿Seguir ciego y
sordo y trabajar? Parecía un fraude espantoso, aunque mi legajo estaba recién
lavado y planchado, blanco y limpio.
“Entonces me
retiré.
“Hice las maletas y
huí al dorado olvido para que la cera increíble se me juntara en las orejas más
extrañas y terribles…
El autobús iba por
la costa en la tarde cálida. Unas pocas nubes se movían delante del sol. Las
sombras empañaban la arena y la gente estaba tendida bajo los parasoles de
colores.
Me aclaré la
garganta.
-¿Volverá a ejercer
alguna vez, doctor?
-Estoy ejerciendo.
-Pero usted acaba
de decir…
-Ah, oficialmente
no, y no con consultorio y honorarios, no, eso nunca más. –El doctor Brokaw
reía en silencio.- Estoy acosado dolorosamente por el misterio. Es decir, cómo
curaré a toda esa gente imponiendo las manos y tendiendo los brazos cortados a
la altura del codo. Pero sigo imponiendo las manos.
-¿Cómo?
-Esta camisa mía.
Usted ha visto. Usted ha oído.
-¿Cuándo venía por
el pasillo?
-Exactamente. Los
colores. Los diseños. Una cosa para ese hombre, otra para esa muchacha, una
tercera para el chico. Cebras, cabras, relámpagos, amuletos egipcios. ¿Qué es,
qué es, qué es?, pregunto. Y contestan,
contestan, contestan. El Hombre de la Camisa Rorschach.
“Tengo una docena
de camisas como ésta en casa.
“De muchos colores,
todas con dibujos diferentes. Una me la diseñó Jackson Pollock antes de morir.
Uso una camisa por día, o por semana, si las respuestas son hondas, rápidas y
estimulantes. Entonces, fuera la vieja y venga la nueva camisa. ¡Diez millones
de miradas, diez milperos de respuestas sobrecogidas!
“¿No podría vender
estas camisas Rorschach algún psicoanalista en vacaciones? ¿Probar con los
amigos? ¿Sorprender a los vecinos? ¿Excitar a su mujer? No, no. Esta es mi
broma especial, la más privada y querida. Nadie debe compartirla. Yo y mis
camisas, el sol, el autobús y mil tardes por delante. La playa espera. ¡Y en
ella mi gente!
“Así he andado por
la costa de este mundo estival. Aquí no hay invierno, asombroso, sí, no hay
invierno de descontento, parecería, y la muerte es un rumor más allá de las
dunas. He caminado a mi ritmo y mi manera y venga no más y deje que el viento
me sacuda la camisa como un velamen que ahora vira al norte, al sur o al
sudoeste, y mire cómo se les saltan los ojos, cómo miran de reojo, con malicia,
de soslayo, maravillados. Y cuando cierta persona dice cierta palabra sobre
esos colores impresos en algodón, me paro. Charlo. Camino un rato con esa
persona. Escudriñamos el vasto vidrio del mar. Yo le escudriño a escondidas el
alma. A veces andamos horas enteras, una sesión bastante larga al aire libre.
Por lo general lleva sólo un día, y como no saben con quién andan, impunes, se
van todos sin saber que han sido pacientes. Caminan por la orilla oscura hacia
un mañana más brillante. Detrás de ellos, el hombre ciego y sordo mueve la mano
deseándoles bon voyage y se vuelve a su casa a devorar cenas felices
animado por la buena labor realizada.
“O a veces me
encuentro a alguien medio dormido en la arena, y no es posible sacarle afuera
los problemas para que mueran a la luz cruda de un solo día. Entonces, como por
accidente, tropezamos una semana más tarde, y caminamos por la orilla batida
por la marea haciendo lo de siempre; tenemos nuestro confesionario ambulante.
Porque mucho antes de los sacerdotes, los susurros y los arrepentimientos, los
amigos caminaban, hablaban, escuchaban y en el escucha-hablar se curaban las
respectivas y amargas desesperaciones. Los buenos amigos intercambian
entripados todo el tiempo, se regalan mutuos desánimos y así se libran de
ellos.
“Recolección de
desperdicios en el césped y en la mente. Con la camisa brillante y un bastón con
un gancho en la punta, me dispongo cada día a… limpiar las playas. Tantos, oh,
tantos cuerpos tendidos allí a la luz. Tantas mentes perdidas en la oscuridad.
Trato de caminar entre ellas sin… atropellarlas.
Por la ventanilla
del autobús entraba un viento fresco y reciente, moviendo un mar de onditas en
la camisa estampada del viejo.
El autobús se
detuvo.
El doctor Brokaw
vio de pronto dónde estaba y se levantó de un salto.
-¡Espere!
En el autobús todos
se volvieron como observando la salida de un astro del espectáculo. Todos
sonrieron.
El doctor Brokaw me
sacudió la mano y corrió. En el extremo delantero del autobús se volvió,
pensando cómo se había olvidado, y se levantó las gafas oscuras y me miró desde
arriba con los débiles ojos de un azul infantil.
-Usted… dijo.
Para él era ya una
bruma, un sueño puntillista más allá del horizonte visual.
-Usted… -dijo en
aquella fabulosa nube de existencia que lo rodeaba y oprimía, cálida y
cercana-, usted nunca me dijo. ¿Qué es? ¿Qué es?
Se enderezó
desplegando aquella increíble camisa Rorschach en la que flotaban y bullían
líneas y colores siempre cambiantes.
Miré. Pestañeé.
Respondí.
-¡Un amanecer!
–grité.
El doctor giró ante
este suave golpe amistoso.
-¿Está seguro de
que no es un atardecer? –preguntó, llevándose la mano a la oreja.
Miré de nuevo y
sonreí. Tuve la esperanza de que Brokaw vería mi sonrisa a mil kilómetros de
distancia dentro del autobús.
-No –dije-. Un
amanecer. Un hermoso amanecer.
El doctor Brokaw
cerró los ojos, digiriendo las palabras. Las manazas tocaron el borde de la
camisa mecida por el viento. Asintió con un movimiento de cabeza. Luego abrió
los pálidos ojos, saludó una vez y bajó al mundo.
El autobús
continuó. Miré atrás una vez.
Y allí iba el
doctor Brokaw avanzando por una playa donde había un fortuito muestrario del
mundo, mil bañistas a la luz cálida.
Parecía ir
caminando sobre un mar de gente.
Lo último que vi de
él fue que se mantenía gloriosamente a flote.
Ana, el artículo de Vera no lo veo....
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